La historia antes de la historia
Soy Wilbert Ramón Carrillo Priego, originario de Tuxtla
Gutiérrez, Chiapas. Nací el 20 de enero de 2002. Soy el segundo de tres
hermanos: Cristina, Ricardo y yo. Hijo del segundo matrimonio de mi padre, el
Sr. Wilbert Ramón Carrillo Moguel, y de la Sra. Gladys Guadalupe Priego
Gutiérrez.
Crecí en una familia que podría describirse como clase
media–alta. En casa nunca faltó lo esencial, pero tampoco sobraba. Desde
pequeño, la religión católica fue parte estructural de nuestra identidad
familiar. Más que una tradición, fue un eje formativo. La fe, la honestidad, la
veracidad, la humildad, el respeto y el servicio no eran discursos: eran
práctica cotidiana.
Ser aspiracional, en mi contexto, no significaba aparentar;
significaba mejorar. Crecer con acceso, pero con miedo al retroceso. Viví la
contradicción de avanzar sin que se notara el esfuerzo, mientras en el fondo
existía una conciencia silenciosa de que todo podía perderse si se bajaba la
guardia.
La trayectoria de mis padres: motores de mi realidad
Mi padre no tuvo estudios universitarios. Sin embargo,
durante casi diez años trabajó en ventas dentro de la industria papelera,
aprendiendo el mercado desde abajo. Posteriormente incursionó en el sector de
la construcción y, con una mentalidad de superación constante, logró fundar una
distribuidora que llegó a facturar más de 30 millones de pesos anuales. Su
escuela fue la experiencia. Su título, la perseverancia.
Mi madre es licenciada en Derecho, con maestría en Derecho
Administrativo por la Universidad Nacional Autónoma de México. En
aproximadamente cinco años logró posicionarse como directora jurídica. Su
crecimiento profesional fue consecuencia directa de la disciplina académica y
una ética de trabajo inflexible.
Cuando yo nací, ambos ya habían alcanzado un nivel alto como
empleados y empresarios. Sin embargo, el hambre por mejorar nunca desapareció.
Ese impulso constante generó estabilidad económica, pero también exigencia
permanente. Entendí desde niño que nada era casualidad: todo era resultado de
método, sacrificio y constancia.
La estabilidad familiar no fue suerte; fue trabajo continuo.
El costo invisible de una vida “normal”
Tuve acceso a educación privada, atención médica de calidad,
actividades extracurriculares, tecnología actualizada, automóvil familiar y,
más adelante, universidad de prestigio.
Para mí era normal. Para mis padres, era inversión.
El costo mensual destinado a mantener ese nivel de vida colegiaturas,
vivienda foránea, transporte, alimentación, actividades, tecnología podía
oscilar entre 30,000 y 60,000 pesos. Cuando uno es joven, no dimensiona cifras;
dimensiona experiencias. Lo que parecía un “deber ser” tener escuela privada,
cierto estilo de vida, ciertos estándares era en realidad una estructura
financiera sostenida por años de esfuerzo previo.
Ahí nace una paradoja: el hijo vive acceso; los padres viven
presión.
El aspiracionismo y el “deber ser”
En muchos hogares aspiracionales surge un ideal silencioso
de perfección:
- Hazlo
bien.
- No
te equivoques.
- No
retrocedas.
El perfeccionismo no nace del ego; nace del miedo. Miedo a
perder lo que costó décadas construir. Ese miedo se transmite sin palabras. Se
convierte en brújula interna.
El miedo al retroceso se transformó en mi estándar personal.
No éramos ricos, pero tampoco podíamos permitirnos fallar. Porque cuando una
familia logra subir de nivel socioeconómico, sabe que un mal movimiento puede
significar volver atrás.
Y en México, la movilidad social es limitada. Diversos
estudios muestran que una gran proporción de quienes nacen en pobreza
permanecen ahí, y solo un porcentaje mínimo logra ascender a los niveles más
altos de ingreso. Esa realidad genera en las familias que lograron subir una
tensión constante: haber avanzado… pero no estar nunca completamente seguros.
El resultado es una cultura del “no retroceder”.
La presión social del adolescente aspiracional
En la adolescencia, el estatus se vuelve lenguaje.
Un iPhone no es solo un teléfono: es pertenencia.
Un café en Starbucks no es solo café: es integración.
Un viaje no es descanso: es validación social.
Starbucks se convierte en símbolo. El gadget en identidad.
Las salidas en medida de aceptación.
Dentro del mismo estrato social existe competencia
silenciosa: quién tiene más, quién viaja más, quién aparenta mayor solvencia.
La ansiedad no surge por carencia absoluta, sino por comparación constante.
Ahí entendí una de las grandes paradojas de la clase
media–alta: se puede tener acceso a casi todo… excepto tranquilidad emocional.
La identidad juvenil termina anclándose al consumo porque el
entorno funciona como espejo permanente. Es pertenecer o sentirse menos.
La adultez: el golpe de realidad
Entrar al mundo laboral rompe la ilusión.
Uno empieza desde abajo. El sueldo promedio no se parece en
nada al costo del estilo de vida que dabas por hecho. Descubres que mantener
aquello que fue tu normalidad requiere ingresos extraordinarios.
Hubo un momento decisivo: seis meses sin apoyo económico por
voluntad propia y de mis padres. Fue una escuela de humildad. Administrar,
priorizar, renunciar a ciertos consumos. Sentir en carne propia el peso del
ingreso.
Ese proceso culminó en gratitud. Un domingo entendí que lo
que parecía cotidiano había sido extraordinario. Agradecí no solo el dinero
invertido, sino la visión, el esfuerzo y el desgaste físico y emocional detrás
de cada oportunidad que recibí.
La adultez me enseñó algo simple y poderoso: el sacrificio
de los padres casi nunca se ve completo desde la infancia.
Reflexión final: identidad, gratitud y madurez
La clase media–alta en México no es necesariamente rica; es
una clase que invierte intensamente en educación y estilo de vida para sostener
un estatus que sus ingresos a veces apenas respaldan. Esa tensión genera
presión financiera, emocional y psicológica.
Mi infancia no fue aspiracional. Fue un acto de amor.
El verdadero estatus no está en el automóvil, en la marca
del teléfono o en el café que se consume. Está en la historia detrás de esas
cosas. Está en reconocer de dónde vienes sin avergonzarte, pero tampoco sin
convertirlo en máscara.
Hoy entiendo que el valor no está en sostener una imagen,
sino en sostener una identidad.
Debemos ser profundamente agradecidos con quienes nos dieron
acceso a oportunidades que para muchos siguen siendo inalcanzables. Y ojalá, en
algún punto, podamos relajarnos lo suficiente para entender que no valemos por
el estatus que proyectamos, sino por la versión de nosotros mismos que impacta
al mundo.
Porque al final, la movilidad social puede cambiar ingresos.
Pero la verdadera riqueza es comprender el sacrificio que nos trajo hasta aquí.