miércoles, 1 de abril de 2026

Ser auténtico en un mundo lleno de máscaras

 Vivimos en una época donde parecer se ha vuelto más importante que ser. Redes sociales, estándares sociales, expectativas, todo parece empujarnos a construir versiones de nosotros mismos que encajen, que gusten, que pertenezcan. Pero en medio de todo ese ruido, hay algo que sigue siendo profundamente atractivo: la autenticidad.

Hace poco alguien comentó algo que se me quedó grabado: los niños son lo más auténtico del mundo porque aún no han tenido que ponerse máscaras. Y es cierto. Un niño no calcula si lo que dice es correcto, no se compara constantemente, no busca aprobación para sentirse suficiente. Simplemente es.

Y no es casualidad que exista esa idea tan poderosa: “dejen que los niños vengan a mí, porque de ellos es el reino de los cielos”. Tal vez no se trata solo de inocencia, sino de algo más profundo: su autenticidad.

Los niños no pretenden, no aparentan, no esconden quiénes son. Y quizá por eso conectan tan fácilmente, porque no tienen máscaras, solo verdad.

Con el tiempo, eso cambia. Empezamos a construir un autoconcepto la idea que tenemos de quiénes somos y una autoimagen cómo creemos que nos ven los demás. Y cuando esas dos empiezan a depender más de la aprobación externa que de lo que realmente somos, aparecen las máscaras.

Muchas veces no nos damos cuenta, pero gran parte de cómo actuamos viene de heridas emocionales. Se habla de cinco principalmente: el rechazo, que nos lleva a escondernos; el abandono, que nos hace depender de otros; la humillación, que nos hace cargarnos de más; la traición, que nos lleva a querer controlarlo todo; y la injusticia, que nos empuja a ser rígidos y “perfectos”.

De todas, el rechazo y la injusticia suelen ser de las más fuertes. Porque cuando alguien crece sintiendo que no es suficiente, aprende a ocultarse. Y cuando crece sintiendo que solo lo perfecto es aceptado, aprende a actuar en lugar de ser.

Hay un momento clave donde todo esto se intensifica: la adolescencia. Es ahí donde dejamos de vernos a nosotros mismos y empezamos a vernos a través de los demás. Surgen los grupos, las etiquetas, las comparaciones. Y con eso, la necesidad de pertenecer. Muchos empiezan a cambiar su forma de hablar, de vestir, incluso de pensar, porque necesitan encajar. Muchas de esas máscaras no se quedan ahí. Crecen con nosotros.

Y vivir así es agotador. Porque implica pensar todo el tiempo cómo te perciben, qué esperan de ti, qué tienes que demostrar. Poco a poco dejas de vivir para ti y empiezas a vivir para los demás. Y eso genera ansiedad, estrés y una sensación constante de no ser suficiente. Porque en el fondo, sabes que no estás siendo tú.

Ser auténtico tampoco es fácil. Implica vulnerabilidad. Implica el riesgo de no ser aceptado, ser lastimado otra vez. Pero también abre la puerta a algo mucho más valioso: la posibilidad de ser querido por quien realmente eres.

A veces, basta una sola persona para recordártelo.

Recuerdo una frase que me dijeron una vez: “no necesitas un iPhone para ser tú”. Puede parecer simple, pero en ese momento bajé la guardia. Me hizo darme cuenta de que no tenía que demostrar nada para ser valioso.

También recuerdo un momento difícil, cuando cerré mi negocio. En medio de todo eso, alguien me dijo: “para nosotros siempre serás Wil”. Y entendí algo importante: cuando alguien te valora sin condiciones, te libera. Te libera de tener que impresionar, de tener que probar, de tener que ser algo más. Y en ese espacio, por fin, puedes ser tú.

Sentirse amado tiene algo curioso: poco a poco empiezas a quitarte las máscaras. Pero no es inmediato, porque también implica enfrentar el miedo de volver a ser rechazado. Por eso muchas veces nos cuesta mostrarnos completamente. No porque no queramos, sino porque en algún punto aprendimos que ser nosotros mismos podía doler.

Hoy podría elegir aparentar. Podría gastar en cosas que proyecten una imagen, comprar aceptación momentánea o encajar en ciertos estándares. Y la realidad es que muchos jóvenes viven exactamente así: al día, invirtiendo en verse bien hacia afuera, en pertenecer hoy, en no quedarse fuera, sin pensar en lo que eso cuesta mañana. Cuesta dinero: ropa, tecnología, salidas, estilos de vida que muchas veces no están alineados con lo que realmente pueden o quieren construir. Pero también cuesta algo más profundo: enfoque, energía y dirección.

Y siendo honesto, es algo que también me pasa. También tengo ganas de vivir experiencias, de encajar, de no quedarme fuera, de dar esa imagen. No es que no exista la tentación, y sea un alíen, existe y todos los días.

Pero ahí es donde entra una decisión más consciente: elegir qué tipo de vida quiero construir.

En mi caso, podría hacerlo. Podría pagar ciertas cosas, dar esa imagen. Pero entendí algo a tiempo: cada peso que destino a una máscara, es un peso que le quito a mi futuro. A ese negocio que quiero construir, a la vida que quiero tener.

Porque si invierto en parecer hoy, comprometo lo que quiero ser mañana.

Y no solo es lo económico. También está el costo emocional. Vivir para sostener una imagen desgasta. Te obliga a estar en un personaje constante, a medir lo que dices, lo que haces, lo que muestras. Y poco a poco te desconecta de ti.

Por eso, aunque exista la tentación, elijo disciplina. Elijo priorizar lo que realmente quiero a largo plazo, aunque no siempre sea lo más llamativo en el presente.

Prefiero construir algo real. Un negocio propio, mi futuro, una vida, relaciones que estén basadas en quién soy, no en lo que aparento.

Y más importante aún: prefiero que quien esté a mi lado, esté por eso.

Tal vez la pregunta no es si el mundo te va a aceptar siendo tú. Tal vez la pregunta real es: ¿cuánto tiempo más estás dispuesto a vivir siendo alguien que no eres?

Porque al final, las máscaras sí funcionan, pero tienen un costo. Te pueden dar aprobación, atención, incluso admiración. Pero nunca te van a dar algo más profundo: paz.

Y el día que te quitas todas, solo queda una cosa importante por descubrir: si alguien se queda que sea por quien realmente eres y no por las mascaras que te pusiste.

martes, 3 de marzo de 2026

Movilidad social, clase aspiracional y el costo invisible del estatus

  

La historia antes de la historia

Soy Wilbert Ramón Carrillo Priego, originario de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Nací el 20 de enero de 2002. Soy el segundo de tres hermanos: Cristina, Ricardo y yo. Hijo del segundo matrimonio de mi padre, el Sr. Wilbert Ramón Carrillo Moguel, y de la Sra. Gladys Guadalupe Priego Gutiérrez.

Crecí en una familia que podría describirse como clase media–alta. En casa nunca faltó lo esencial, pero tampoco sobraba. Desde pequeño, la religión católica fue parte estructural de nuestra identidad familiar. Más que una tradición, fue un eje formativo. La fe, la honestidad, la veracidad, la humildad, el respeto y el servicio no eran discursos: eran práctica cotidiana.

Ser aspiracional, en mi contexto, no significaba aparentar; significaba mejorar. Crecer con acceso, pero con miedo al retroceso. Viví la contradicción de avanzar sin que se notara el esfuerzo, mientras en el fondo existía una conciencia silenciosa de que todo podía perderse si se bajaba la guardia.

 

La trayectoria de mis padres: motores de mi realidad

Mi padre no tuvo estudios universitarios. Sin embargo, durante casi diez años trabajó en ventas dentro de la industria papelera, aprendiendo el mercado desde abajo. Posteriormente incursionó en el sector de la construcción y, con una mentalidad de superación constante, logró fundar una distribuidora que llegó a facturar más de 30 millones de pesos anuales. Su escuela fue la experiencia. Su título, la perseverancia.

Mi madre es licenciada en Derecho, con maestría en Derecho Administrativo por la Universidad Nacional Autónoma de México. En aproximadamente cinco años logró posicionarse como directora jurídica. Su crecimiento profesional fue consecuencia directa de la disciplina académica y una ética de trabajo inflexible.

Cuando yo nací, ambos ya habían alcanzado un nivel alto como empleados y empresarios. Sin embargo, el hambre por mejorar nunca desapareció. Ese impulso constante generó estabilidad económica, pero también exigencia permanente. Entendí desde niño que nada era casualidad: todo era resultado de método, sacrificio y constancia.

La estabilidad familiar no fue suerte; fue trabajo continuo.

 

El costo invisible de una vida “normal”

Tuve acceso a educación privada, atención médica de calidad, actividades extracurriculares, tecnología actualizada, automóvil familiar y, más adelante, universidad de prestigio.

Para mí era normal. Para mis padres, era inversión.

El costo mensual destinado a mantener ese nivel de vida colegiaturas, vivienda foránea, transporte, alimentación, actividades, tecnología podía oscilar entre 30,000 y 60,000 pesos. Cuando uno es joven, no dimensiona cifras; dimensiona experiencias. Lo que parecía un “deber ser” tener escuela privada, cierto estilo de vida, ciertos estándares era en realidad una estructura financiera sostenida por años de esfuerzo previo.

Ahí nace una paradoja: el hijo vive acceso; los padres viven presión.

 

El aspiracionismo y el “deber ser”

En muchos hogares aspiracionales surge un ideal silencioso de perfección:

  • Hazlo bien.
  • No te equivoques.
  • No retrocedas.

El perfeccionismo no nace del ego; nace del miedo. Miedo a perder lo que costó décadas construir. Ese miedo se transmite sin palabras. Se convierte en brújula interna.

El miedo al retroceso se transformó en mi estándar personal. No éramos ricos, pero tampoco podíamos permitirnos fallar. Porque cuando una familia logra subir de nivel socioeconómico, sabe que un mal movimiento puede significar volver atrás.

Y en México, la movilidad social es limitada. Diversos estudios muestran que una gran proporción de quienes nacen en pobreza permanecen ahí, y solo un porcentaje mínimo logra ascender a los niveles más altos de ingreso. Esa realidad genera en las familias que lograron subir una tensión constante: haber avanzado… pero no estar nunca completamente seguros.

El resultado es una cultura del “no retroceder”.

 

La presión social del adolescente aspiracional

En la adolescencia, el estatus se vuelve lenguaje.
Un iPhone no es solo un teléfono: es pertenencia.
Un café en Starbucks no es solo café: es integración.
Un viaje no es descanso: es validación social.

Starbucks se convierte en símbolo. El gadget en identidad. Las salidas en medida de aceptación.

Dentro del mismo estrato social existe competencia silenciosa: quién tiene más, quién viaja más, quién aparenta mayor solvencia. La ansiedad no surge por carencia absoluta, sino por comparación constante.

Ahí entendí una de las grandes paradojas de la clase media–alta: se puede tener acceso a casi todo… excepto tranquilidad emocional.

La identidad juvenil termina anclándose al consumo porque el entorno funciona como espejo permanente. Es pertenecer o sentirse menos.

 

La adultez: el golpe de realidad

Entrar al mundo laboral rompe la ilusión.

Uno empieza desde abajo. El sueldo promedio no se parece en nada al costo del estilo de vida que dabas por hecho. Descubres que mantener aquello que fue tu normalidad requiere ingresos extraordinarios.

Hubo un momento decisivo: seis meses sin apoyo económico por voluntad propia y de mis padres. Fue una escuela de humildad. Administrar, priorizar, renunciar a ciertos consumos. Sentir en carne propia el peso del ingreso.

Ese proceso culminó en gratitud. Un domingo entendí que lo que parecía cotidiano había sido extraordinario. Agradecí no solo el dinero invertido, sino la visión, el esfuerzo y el desgaste físico y emocional detrás de cada oportunidad que recibí.

La adultez me enseñó algo simple y poderoso: el sacrificio de los padres casi nunca se ve completo desde la infancia.

 

Reflexión final: identidad, gratitud y madurez

La clase media–alta en México no es necesariamente rica; es una clase que invierte intensamente en educación y estilo de vida para sostener un estatus que sus ingresos a veces apenas respaldan. Esa tensión genera presión financiera, emocional y psicológica.

Mi infancia no fue aspiracional. Fue un acto de amor.

El verdadero estatus no está en el automóvil, en la marca del teléfono o en el café que se consume. Está en la historia detrás de esas cosas. Está en reconocer de dónde vienes sin avergonzarte, pero tampoco sin convertirlo en máscara.

Hoy entiendo que el valor no está en sostener una imagen, sino en sostener una identidad.

Debemos ser profundamente agradecidos con quienes nos dieron acceso a oportunidades que para muchos siguen siendo inalcanzables. Y ojalá, en algún punto, podamos relajarnos lo suficiente para entender que no valemos por el estatus que proyectamos, sino por la versión de nosotros mismos que impacta al mundo.

Porque al final, la movilidad social puede cambiar ingresos.
Pero la verdadera riqueza es comprender el sacrificio que nos trajo hasta aquí.

lunes, 2 de febrero de 2026

Cuando la emoción se regula y el vínculo permanece

 Con el tiempo, he aprendido a reconocer un patrón en mis vínculos. No uno evidente o ruidoso, sino uno silencioso que se repite con precisión de relojería. Tiendo a conectar con personas intensas, emocionalmente activadas, que vibran en una frecuencia alta. Hay deseo, química inmediata, una emoción tan viva que parece preceder al pensamiento. Todo ocurre rápido, como si el cuerpo firmara un pacto antes de que la mente lea la letra pequeña.

Sin embargo, existe un umbral. Un punto exacto en el que la conexión deja de ser puro estímulo y empieza a pedir transformarse en profundidad. Y es allí, justo allí, donde algo se quiebra en el aire. Nunca he tenido un noviazgo. Por años atribuí esto a circunstancias externas o a la falta de tiempo. Hoy veo que muchas de esas conexiones llegaban hasta ese borde específico: el momento en que la relación exige cambiar de velocidad, y pasar de la intensidad a la presencia, de lo urgente a lo constante, de la chispa a la brasa. Ahí aparece la incomodidad.

Desde la psicología, esto tiene un sustento claro. Las relaciones intensas suelen estar sostenidas por la dopamina de la novedad, la anticipación y la recompensa inmediata. A veces, también por la oxitocina del contacto y la intimidad fugaz. Estos neuroquímicos crean la ilusión de una profundidad urgente e inevitable. Pero sentir fuerte no siempre significa poder sostener.

Porque llega el día en que el vínculo pide algo más que emoción. Exige consistencia, escucha activa, responsabilidad afectiva. Ya no basta con sentir; hay que saber acompañar. Y la cruda verdad es que no todas las personas han desarrollado ese músculo emocional. No es que no puedan amar, sino que nunca aprendieron a habitar lo que sienten sin huir, distraerse o buscar una nueva sobreactivación.

He sido testigo de cómo la emoción fluye libremente cuando no demanda demasiada presencia. Cuando basta con el deseo, el momento compartido, la escena. Pero cuando la conexión empieza a tocar capas más silenciosas aquellas donde ya no hay estímulo que anestesie el vacío o la vulnerabilidad aparece el repliegue. Surgen la distancia, la evasión, los vínculos paralelos que ofrecen un refugio más fácil. No por falta de interés, sino por una auténtica carencia de recursos emocionales.

He tenido que reconocer, también, mi parte en esta danza. Mi brújula afectiva apunta, naturalmente, hacia lo emocionalmente vivo, lo activado, lo que brilla con fuerza. Hay algo familiar y hasta adictivo en esa energía. Pero con los años he aprendido a hacerme una pregunta crucial: ¿Me estoy conectando con personas que simplemente sienten, o con personas que saben regular lo que sienten?

La profundidad genuina rara vez se anuncia con fanfarrias. No siempre deslumbra o excita. En cambio, exige presencia, continuidad y una forma de amor que no depende del pico emocional, sino de la capacidad de quedarse cuando la intensidad baja.

Quizás por eso tantos vínculos se estancan en la fase de activación. Es más fácil sentir que sostener. Más sencillo desear que acompañar. Más cómodo vincularse desde la química que desde la conciencia.

Hoy tengo una certeza: no quiero dejar de sentir. Pero tampoco quiero seguir confundiendo intensidad con compatibilidad. Anhelo vínculos donde la emoción no sea una vía de escape de la profundidad, sino la puerta misma para habitarla.

Porque, al final, amar no es activarse juntos.

Es atreverse a quedarse cuando la emoción se regula y la conexión, silenciosamente, permanece.

viernes, 2 de enero de 2026

Hablar de sueldos también es justicia: por qué la transparencia salarial importa

 Introducción

¿Por qué nos incomoda tanto saber cuánto ganan nuestros compañeros de trabajo? En pleno siglo XXI, en un mundo donde compartimos casi todas opiniones, rutinas, emociones y hasta nuestra vida diaria en redes sociales, el salario sigue siendo uno de los temas más silenciosos dentro de las empresas.

En muchas organizaciones existe una cultura de confidencialidad casi absoluta en torno al dinero. Se nos enseña que hablar de sueldo es inapropiado, conflictivo o poco profesional. Sin embargo, este silencio no es inocente: muchas veces protege desigualdades, genera confusión y deja a los trabajadores sin herramientas para entender si su esfuerzo está siendo valorado de forma justa.

Aunque el tema puede resultar incómodo, la transparencia salarial es una conversación necesaria si queremos entornos laborales más humanos, justos y coherentes con los valores que hoy, especialmente las nuevas generaciones, decimos defender.

Beneficios de la transparencia salarial

Equidad laboral real

La transparencia salarial permite visibilizar brechas que de otro modo pasarían desapercibidas. Diferencias por género, edad, antigüedad o cercanía con ciertos líderes se vuelven más evidentes cuando los sueldos dejan de ser un secreto. Y lo que se ve, se puede cuestionar y corregir.

Para una generación que valora la justicia y la congruencia, saber que el salario responde a criterios claros y no a favoritismos es fundamental.

Entender cómo se valora nuestro trabajo

Conocer los salarios ayuda a comprender cómo una empresa valora cada puesto. No se trata solo de números, sino de mensajes: cuánto importa un rol, cuánta responsabilidad implica y qué tan alineado está con el impacto real del trabajo.

Esta claridad permite tomar mejores decisiones sobre crecimiento profesional, expectativas y metas a largo plazo.

Motivación, confianza y permanencia

Cuando percibimos que el sistema es justo, la motivación aumenta. La transparencia salarial fortalece la confianza entre empleados y empresa, reduce la sensación de arbitrariedad y genera un mayor sentido de pertenencia.

Para la generación Z, que prioriza el bienestar emocional y la autenticidad, trabajar en un lugar donde no todo se maneja desde el secretismo puede marcar la diferencia entre quedarse o buscar nuevas oportunidades.

Compararnos sin culpa

Hablar de salarios también permite comparar de manera sana. Internamente, ayuda a evaluar si nuestro sueldo es coherente con nuestras responsabilidades y desempeño. Externamente, facilita contrastarlo con el mercado laboral y evitar situaciones de subvaloración.

La información empodera, no divide.

Retos y resistencias

El miedo de las empresas

Muchas organizaciones consideran el salario como información sensible. Existe el temor de que abrir estos datos genere inconformidades o debilite su posición competitiva. Sin embargo, muchas veces el problema no es la transparencia, sino las desigualdades que esta deja al descubierto.

Conflictos mal gestionados

Sí, hablar de dinero puede generar tensiones. Pero el conflicto no nace de la información, sino de la falta de criterios claros y comunicación honesta. Sin una narrativa justa, la transparencia puede incomodar; con ella, puede sanar.

El tabú cultural

Durante años se nos enseñó que hablar de dinero es de mal gusto. Esta idea sigue muy presente en la cultura organizacional, incluso cuando choca con valores actuales como la equidad, la inclusión y la responsabilidad social.

Barreras legales

En algunos países, la legislación no es clara o limita la divulgación salarial. Esto obliga a las empresas a avanzar con cautela, aunque no debería ser una excusa para evitar cualquier forma de apertura.

Impacto social y laboral

Menos desigualdad, más justicia

La transparencia salarial no solo impacta a las empresas, sino a la sociedad en general. Al hacer visibles las brechas injustificadas, se genera presión para cerrarlas y construir mercados laborales más equitativos.

Trabajadores más conscientes y seguros

Saber cuánto se paga y por qué fortalece la autoestima profesional. Los trabajadores pueden negociar mejor, exigir con argumentos y tomar decisiones alineadas con su valor real.

Un cambio cultural necesario

Promover la transparencia implica cambiar la forma en que nos relacionamos con el trabajo y el dinero. Significa pasar del miedo al diálogo, del secretismo a la corresponsabilidad.

Ejemplos y tendencias

Cada vez más empresas y países están apostando por la transparencia salarial: publicación de rangos en vacantes, auditorías salariales y políticas internas claras. Los resultados suelen ser positivos: reducción de brechas de género, mayor satisfacción laboral y una percepción más alta de justicia.

Por el contrario, la falta de transparencia ha llevado en muchos casos a conflictos internos, demandas legales y daños reputacionales que podrían haberse evitado con mayor apertura.

Conclusión

La transparencia salarial no es una amenaza, es una oportunidad. No se trata de exponer por exponer, sino de construir sistemas más justos, coherentes y humanos.

Para una generación que exige congruencia entre discurso y práctica, callar ya no es opción. Hablar de salarios es hablar de dignidad, de valor y de respeto. Promover conversaciones abiertas y políticas claras no es radical: es el primer paso hacia un mundo laboral más justo y consciente.

lunes, 1 de diciembre de 2025

De Emprendedor a Empresario

 La visión que sostiene el éxito por décadas

Durante años, el ecosistema de negocios ha exaltado el espíritu emprendedor. Emprender se ha convertido en sinónimo de valentía, libertad y modernidad. Se celebran las historias de quienes inician un proyecto con entusiasmo y energía. Pero curiosamente, muy pocos hablan de algo todavía más desafiante: convertirse en empresario.

Y es ahí donde está la verdadera diferencia entre quienes brillan un momento y quienes permanecen.

La historia que me abrió los ojos

Mi comprensión de esa diferencia nació en casa. Crecí entre proyectos, cajas, proveedores y clientes. No observaba desde una ventana ni vivía creyéndome un “Jr.”: estaba dentro.

Desde una tienda de pinturas que creció hacia la distribución de marcas como CEMEX, IPESA, PLAKA COMEX e IMPAC, hasta una constructora especializada en hospitales. Mi infancia está llena de anécdotas: desde sentarme sin querer en una cubeta de thinner, hasta dejar caer un compresor que pesaba tres veces más que yo. Así crecí, entre el movimiento de negocios que iban y venían durante mis primeros catorce años.

Luego llegó una crisis económica y política en el estado, y con ella un giro completo hacia el mundo restaurantero: comida yucateca, mariscos… hasta llegar a un negocio tan noble, una pollería que, por primera vez, me tocó tomar decisiones de frente. Fui yo quien decidió cerrarlo sin pérdidas, a diferencia de otros intentos anteriores. Aprendí algo que a mis papás les costó, decidir cuándo retirar la inversión.

Hoy, el único negocio que sigue activo es el inmobiliario.
Y aunque algunos emprendimientos no sobrevivieron, cada uno fue un salón de clases adelantado. Ahí aprendí sobre ventas, operación, riesgo, trato con personas, administración y sobre todo sobre lo que ocurre cuando no existe estructura. Quizá por eso hoy tengo una obsesión tan marcada por el orden y la contabilidad.

Ahí lo entendí, emprender enciende. Pero solo el empresario sostiene.
La chispa es importante pero una chispa sin base se apaga.

 

La visión que heredé

Mis padres, sin saberlo, me regalaron una visión adelantada. Me mostraron lo que funciona y lo que falta. Admiré su coraje para empezar una y otra vez, pero también observé cómo la ausencia de bases contables y financieras impedía que ideas extraordinarias se volvieran empresas duraderas.

Ese patrón se me grabó profundamente. Desde joven supe que no quería repetir la historia: Yo quería construir sobre cimientos firmes.

Por eso estudié Finanzas y Contaduría en la Anáhuac. Por eso entré al mundo corporativo. Y por eso hoy trabajo en Quálitas, donde confirmo todos los días que:

  • El empresario no improvisa: se prepara.
  • El empresario no opera “como vaya saliendo”: estructura.
  • El empresario no se limita a vender: analiza y dirige.
  • El empresario no piensa en hoy: piensa en los próximos veinte años.

Y sí: aquí la Generación Z tropieza mucho. Queremos todo ya.

El reto que pocos se atreven a enfrentar

Ser emprendedor es valioso, necesario y emocionante.
Pero casi nadie te dice esto:
Ser empresario es mucho más difícil… pero también mucho más trascendente.

  • El emprendedor vive del impulso.
  • El empresario vive del proceso.
  • El emprendedor actúa por intuición.
  • El empresario decide por información.
  • El emprendedor sueña la idea.
  • El empresario construye la institución.
  • El emprendedor quiere empezar.
  • El empresario quiere permanecer.

Y hay una diferencia clave que separa a ambos: los impuestos y la posibilidad real de crecer.

Emprendedor vs. Empresario ante los impuestos y el crecimiento

  • El emprendedor suele pensar que los impuestos son un enemigo, un castigo por ganar dinero. Les teme, los evita o simplemente los ignora.
    Para él, crecer significa vender más… pero sin estructura. Y tarde o temprano, el crecimiento desordenado se vuelve una carga que lo frena: no puede acceder a créditos, no puede abrir nuevas sucursales, no puede licitar, no puede escalar.
  • El empresario, en cambio, entiende que pagar impuestos no es una pérdida, sino una condición para crecer. Ya los paga. Ya los contempla. Ya los domina.
    Y gracias a eso, puede crecer en serio: puede levantar capital, puede trabajar con proveedores grandes, puede firmar contratos formales, puede entrar a mercados corporativos y puede multiplicar lo que empezó como una idea.

Porque crecer no es solo vender más, crecer es cimentar para dentro de 20 años.

Crecer es tener la estructura para aguantar el crecimiento.

La formalidad abre puertas: financiamiento, proveedores serios, clientes grandes, expansión, franquicias, inversiones, alianzas, continuidad. Quien vive en la sombra puede ganar rápido, pero nunca crece sólido.

Ahí se separan los improvisados de quienes construyen legado.

Muchos pueden emprender. Pero pocos se atreven a volverse empresarios.

Convertirse en empresario exige:

  • Disciplina cuando nadie aplaude.
  • Estudiar cuando otros duermen.
  • Delegar cuando cuesta soltar.
  • Pensar a largo plazo en un mundo obsesionado con el corto.
  • Visión cuando otros solo ven una oportunidad inmediata.
  • Y, sobre todo, carácter para crear algo que pueda sobrevivir incluso cuando tú ya no estés empujándolo.

Y en mi caso, ese carácter empezó a formarse mucho antes de que yo entendiera lo que era “ser empresario”.

Lo viví en la prepa, en el momento más crítico de mi familia:
cuando a mis papás les dio COVID y la casa parecía un pequeño centro de operaciones.
Yo tomaba clases en línea de 7 a 2, sin dormir bien por días; enviaba reportes de rutas del grupo ferretero donde trabajaba mi papá; revisaba los reportes de la pollería; aprendía a declarar impuestos con videos de YouTube; y aun así encontraba tiempo para colaborar en la iglesia.

Ese ritmo de vida me empujó al límite.
De hecho, casi me lleva a un burnout justo al final de la universidad.
Pero también me reveló dos verdades que no se enseñan en ningún salón:

  1. Puedes abarcar muchísimo, pero no sin consecuencias.
    Ahí fue donde aprendí a poner límites, a reconocer mis señales de cansancio y a dejar de creer que sacrificarme siempre era sinónimo de servir.
  2. La tolerancia a la frustración es el músculo más infravalorado.
    Y, junto con eso, entendí que tener a Dios en el centro no es opcional:
    es lo que me sostuvo para no caer en adicciones, escapismos o caminos fáciles cuando todo se ponía oscuro.

Toda esa etapa me formó más de lo que yo imaginaba.
Me enseñó responsabilidad, orden, resiliencia, fe y enfoque.
Pero, sobre todo, me enseñó que, si no me cuido, no puedo sostener nada.

Hoy, con 23 años, reconozco que mi camino no es solo emprender.
Mi camino es construir empresas solidas.

Porque aprendí desde niño que un negocio sin estructura se cae,
pero una empresa con bases sólidas permanece.

Y hoy sé que esas bases no solo son contables o financieras,
también son emocionales, espirituales y personales.

Y aquí va mi reto para ti

Después de todo lo que he vivido desde ayudar a sostener mi casa mientras mis papás enfermaban, hasta casi quemarme por cargar más de lo que un joven debería entendí algo con absoluta claridad: empezar cualquiera puede; permanecer solo aquellos que se preparan para sostener.

Por eso hoy te hago este reto, no desde la teoría, sino desde la experiencia:

¿Quieres iniciar algo o quieres construir algo que dure?

¿Quieres un impulso o quieres un legado?

¿Quieres ser parte de la estadística o parte de la historia?

La verdad es simple: El éxito efímero lo consigue el emprendedor. El éxito que dura décadas lo construye el empresario.

Ser empresario no es glamoroso. Es aprender a respirar bajo presión.
Es ponerte de pie cuando todo cruje. Es cerrar ciclos para abrir otros. Es cuidarte para no quebrarte. Es poner orden cuando la vida te pide caos. Y, sobre todo, es construir sobre roca y no sobre arena.

Ese es el reto que te invito a asumir: mirar más lejos, prepararte más, exigirte más
y apostar por algo más grande que un comienzo apostar por un futuro.

Al final, mi frase de siempre sigue empujándome: “Yo puedo. Pedalea, pedalea.”

Porque construir empresa no es correr: es avanzar con intención, con visión
y con un compromiso diario con uno mismo.

¿Te quedas en la chispa o te atreves a encender el fuego que dura años?

Y déjame hacerte una última pregunta una que va más allá del negocio y toca tu propósito:

¿Tu vocación empresarial será solo un proyecto o una misión que Dios pueda usar para multiplicar, servir y transformar?

Porque cuando emprendes solo por ti, construyes algo pequeño.
Pero cuando emprendes desde propósito, fe y servicio construyes algo que trasciende.



sábado, 1 de noviembre de 2025

Entre lápidas fiscales y nuevas vidas contables

Reflexión de un contador en Día de Muertos

Cada 2 de noviembre, México recuerda a sus muertos con flores, pan y velas. Es una fecha que nos invita a reflexionar sobre los ciclos de la vida, sobre lo que muere y sobre lo que renace. Como contador fiscalista, no puedo evitar pensar que, de alguna forma, mi profesión también está viviendo un nuevo ciclo, una transformación silenciosa pero inevitable, impulsada por la complejidad creciente del sistema tributario mexicano.

En los últimos años, y con especial intensidad recientemente, los gobiernos han endurecido la fiscalización mediante la creación de nuevos impuestos, el incremento de tasas y la implementación de controles cada vez más rigurosos. El SAT ha puesto la lupa en conductas como:

      Celebración de operaciones con factureras.

      Presentación de pérdidas recurrentes injustificadas.

      Simulación o abuso de deducciones.

      Obtención de ingresos no declarados.

      Inconsistencias entre lo que se importa y lo que se vende.

      Importación de productos por debajo del precio de mercado.

      Incumplimiento de regulaciones arancelarias.

      Falta de pago de retenciones de nómina.

      Operaciones con paraísos fiscales.

      Solicitud de devoluciones improcedentes.

      Tasas efectivas de ISR menores a las del sector.

El SAT priorizará la revisión de 6.3% de grandes contribuyentes, 0.02% de PYMES y 2.5% del comercio exterior, lo que significa más auditorías, más vigilancia y más trabajo técnico y ético para los contadores.

Y es ahí donde nace mi reflexión personal:

El contador del futuro, que en realidad ya es del presente, será indispensable.

Muchas pequeñas y medianas empresas que antes prescindían de un contador formal ahora se verán obligadas a contar con uno. La figura del contador dejará de ser solo un “tramitador de impuestos” para convertirse en un asesor estratégico, un guardián de la legalidad y la sostenibilidad fiscal de las organizaciones.

Del mismo modo, los despachos contables deberán evolucionar o morir. No bastará con hacer declaraciones; habrá que ofrecer consultoría, análisis de riesgos, planeación fiscal y cumplimiento inteligente. Solo así podrán sobrevivir en un entorno donde la automatización y las regulaciones avanzan con rapidez.

En este contexto, la profesión contable no está muriendo: está renaciendo.

Renace en cada contador que se actualiza, que estudia, que busca ser más ético, más estratégico y consciente del impacto que su trabajo tiene en la economía nacional.

 

Nuevos impuestos y ajustes fiscales para 2026: La prueba de fuego

Aunque el Gobierno aseguró que no habría nuevos impuestos para 2026, la Cámara de Diputados aprobó diversas modificaciones al IEPS con 351 votos a favor. Estas reformas implican aumentos significativos y nuevos gravámenes que pondrán a prueba la capacidad de adaptación del sistema fiscal y de los contadores.

Entre los principales cambios se encuentran:

·         Refrescos y bebidas azucaradas: el impuesto pasará de $1.64 a $3.08 por litro.

·         Sueros orales: los que no cumplan con estándares de la OMS pagarán $3.08 por litro.

·         Cigarros: el IEPS aumentará gradualmente, llegando hasta un 200% en los próximos 5 años.

·         Videojuegos con contenido violento: nuevo impuesto especial del 8%.

·         Ventas en plataformas digitales: retención de hasta 10.5% sobre los ingresos.

·         Casas de apuestas digitales: incremento del 30% al 50%.

·         Museos y zonas arqueológicas: tarifas de acceso se duplicarán aproximadamente, con precios que irán de 96 a 210 pesos, según la categoría.

Otros incrementos:

·         Permisos para residentes: +109%

·         Certificación de vuelos: +57%

·         Inspecciones a entidades financieras: +16%

·         Certificados fitosanitarios y zoosanitarios: $899

·         Formato de salida de menores: $294

·         Permiso para turistas: $983

Este paquete fiscal representa un mayor reto operativo y técnico para el SAT y, en consecuencia, para nosotros los contadores, quienes debemos asegurar que las empresas cumplan con las nuevas obligaciones sin comprometer su liquidez ni su competitividad.

Así como en Día de Muertos honramos a quienes nos antecedieron, también vale la pena honrar la evolución de nuestra profesión, reconocer que ser contador hoy exige más preparación, más compromiso y, afortunadamente, también se traducirá en una mayor valorización económica.

Porque los tiempos cambian, las normas se multiplican y la fiscalización se intensifica.

Pero mientras existan impuestos, el contador seguirá siendo el puente entre el orden y el caos.

Y ese puente, más que nunca, necesita estar vivo.

Feliz Día de Muertos a esta profesión más viva que nunca.

Su contador,

Wilbert Ramón Carrillo

Secretaría de Hacienda y Crédito Público. (2025). Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación 2026 (PPEF 2026). Gobierno de México. https://www.ppef.hacienda.gob.mx/es/PPEF2026

Servicio de Administración Tributaria. (2025, 22 de mayo). SAT da a conocer criterios de programación de auditorías (Comunicado 053/2025). Gobierno de México. https://www.gob.mx/sat/prensa/sat-da-a-conocer-criterios-de-programacion-de-auditorias_053_2025?idiom=es

El Economista. (2025, 18 de octubre). Impuestos 2026: lista y detalles de aumentos y nuevos gravámenes. https://www.eleconomista.com.mx/economia/impuestos-2026-lista-detalles-aumentos-nuevos-gravamenes-20251018-782400.html

miércoles, 1 de octubre de 2025

Independencia juvenil en México: un análisis sociopsicológico y económico por regiones

 La transición hacia la independencia de los jóvenes mexicanos está influenciada por una combinación de factores socioculturales, psicológicos y económicos que varían significativamente entre las distintas regiones del país. Este artículo explora cómo estas dinámicas se manifiestan en diferentes contextos regionales, incorporando datos actualizados sobre el ingreso y gasto promedio por hogar, así como una estimación del poder de ahorro por región.

1. Introducción

La independencia juvenil en México no es un fenómeno homogéneo; está profundamente arraigada en el contexto regional. Factores como el arraigo familiar, las oportunidades económicas y las normas culturales juegan un papel determinante en la edad y la forma en que los jóvenes alcanzan la autonomía. Además, el ingreso y gasto promedio por hogar en cada región influyen directamente en la capacidad de los jóvenes para independizarse.

2. Norte: movilidad y autosuficiencia

En estados como Baja California, Sonora, Chihuahua, Nuevo León y Tamaulipas, los jóvenes tienden a independizarse entre los 23 y 26 años. Esta tendencia responde a varios factores:

  • Sociológicos: La influencia de la cultura estadounidense promueve la independencia temprana. La migración laboral hacia otras ciudades o el extranjero es común, lo que impulsa a los jóvenes a buscar autonomía desde edades tempranas.
  • Psicológicos: Se fomenta la autosuficiencia y la capacidad de adaptación. Los jóvenes valoran la independencia como un paso hacia la madurez.
  • Económicos: La disponibilidad de empleos y la posibilidad de generar ingresos propios permiten cubrir necesidades básicas, facilitando la independencia.

Ingreso promedio por hogar: $90,541 pesos trimestrales (INEGI, 2025)
Gasto promedio por hogar: $44,310 pesos trimestrales (INEGI, 2025)
Porcentaje de poder de ahorro estimado: 50%

3. Centro: equilibrio entre familia y autonomía

En la Ciudad de México, Estado de México, Puebla y Querétaro, la independencia se alcanza generalmente entre los 26 y 28 años.

  • Sociológicos: La vida urbana ofrece oportunidades educativas y laborales, pero el alto costo de vida y la presión social hacen que muchos jóvenes permanezcan con sus padres.
  • Psicológicos: Existe un equilibrio entre el deseo de independencia y el valor del apoyo familiar.
  • Económicos: El costo elevado de la vivienda y otros gastos asociados a la vida independiente retrasan la emancipación.

Ingreso promedio por hogar: $77,864 pesos trimestrales (INEGI, 2025)
Gasto promedio por hogar: $44,310 pesos trimestrales (INEGI, 2025)
Porcentaje de poder de ahorro estimado: 43%

4. Occidente: tradición y apertura

Estados como Jalisco, Michoacán, Colima, Guanajuato y Nayarit muestran patrones similares al centro, con independencia alcanzada entre los 26 y 28 años.

  • Sociológicos: La cultura familiar y religiosa es fuerte, lo que moldea las relaciones interpersonales y las decisiones de vida.
  • Psicológicos: Los jóvenes combinan arraigo y prudencia con aspiraciones de autonomía.
  • Económicos: Las ciudades grandes fomentan la independencia, aunque muchos jóvenes permanecen cerca de sus padres.

Ingreso promedio por hogar: $79,460 pesos trimestrales (INEGI, 2025)
Gasto promedio por hogar: $44,310 pesos trimestrales (INEGI, 2025)
Porcentaje de poder de ahorro estimado: 44%

5. Sureste: arraigo y cautela

En Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Tabasco, Chiapas y Oaxaca, la independencia llega más tarde, generalmente entre los 28 y 30 años o más.

  • Sociológicos: La familia es el núcleo central de identidad y seguridad emocional.
  • Psicológicos: La cautela caracteriza a los jóvenes; mudarse o cambiar de trabajo se analiza cuidadosamente para preservar la armonía familiar.
  • Económicos: La menor disponibilidad de oportunidades de alto ingreso refuerza la permanencia en el hogar familiar.

Ingreso promedio por hogar: $63,498 pesos trimestrales (INEGI, 2025)
Gasto promedio por hogar: $44,310 pesos trimestrales (INEGI, 2025)
Porcentaje de poder de ahorro estimado: 30%

6. Comparativa regional

Región

Edad promedio de independencia

Ingreso promedio trimestral por hogar

Gasto promedio trimestral por hogar

Porcentaje de poder de ahorro estimado

Factores socioculturales clave

Desafíos económicos principales

Norte

23–26 años

$90,541

$44,310

50%

Influencia estadounidense, migración

Alta competencia laboral

Centro

26–28 años

$77,864

$44,310

43%

Oportunidades urbanas, presión social

Alto costo de vida

Occidente

26–28 años

$79,460

$44,310

44%

Cultura familiar y religiosa

Necesidad de equilibrar tradición y autonomía

Sureste

28–30+ años

$63,498

$44,310

30%

Arraigo familiar, cautela cultural

Menores oportunidades laborales

7. Conclusión

La independencia juvenil en México es un fenómeno multifacético influenciado por factores sociológicos, psicológicos y económicos. Comprender estas dinámicas regionales, junto con los datos actualizados sobre ingreso, gasto y poder de ahorro por hogar, permite una visión más completa de las realidades que enfrentan los jóvenes en su camino hacia la autonomía.

 

Belmonte, J. A. T. (2016). Sociología de la juventud. Una revisión. Redalyc. https://www.redalyc.org/journal/122/12249678013/html/

González Fernández, M. T. (2021). Formación, arraigo y movilidad rural-urbana en la juventud. SciELO. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S2448-57052021000300139&script=sci_arttext

INEGI. (2025). Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2024. Instituto Nacional de Estadística y Geografía. https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2025/enigh/ENIGH2024.pdf

INEGI. (2025). Ingreso corriente total promedio trimestral por hogar, por región. Instituto Nacional de Estadística y Geografía. https://www.inegi.org.mx/app/tabulados/interactivos/?pxq=Hogares_Hogares_11_861f5732-c3db-4614-be03-741f649d605c

Mendoza, H. (2011). Los estudios sobre la juventud en México. SciELO. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S1665-05652011000300007&script=sci_arttext

Ortega Villa, L. M. (2016). Rasgos socioculturales de los jóvenes en México. SciELO. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S0188-45572016000100282&script=sci_arttext

Ventura, P. (2018). ¿A qué edad dejan la casa de sus padres los millennials en México? El Financiero. https://www.elfinanciero.com.mx/empresas/a-que-edad-se-independizan-los-millennials-en-mexico/

Ser auténtico en un mundo lleno de máscaras

 Vivimos en una época donde parecer se ha vuelto más importante que ser. Redes sociales, estándares sociales, expectativas, todo parece empu...