Con el tiempo, he aprendido a reconocer un patrón en mis vínculos. No uno evidente o ruidoso, sino uno silencioso que se repite con precisión de relojería. Tiendo a conectar con personas intensas, emocionalmente activadas, que vibran en una frecuencia alta. Hay deseo, química inmediata, una emoción tan viva que parece preceder al pensamiento. Todo ocurre rápido, como si el cuerpo firmara un pacto antes de que la mente lea la letra pequeña.
Sin embargo, existe un umbral. Un punto exacto en el que la
conexión deja de ser puro estímulo y empieza a pedir transformarse en
profundidad. Y es allí, justo allí, donde algo se quiebra en el aire. Nunca he
tenido un noviazgo. Por años atribuí esto a circunstancias externas o a la
falta de tiempo. Hoy veo que muchas de esas conexiones llegaban hasta ese borde
específico: el momento en que la relación exige cambiar de velocidad, y pasar
de la intensidad a la presencia, de lo urgente a lo constante, de la chispa a
la brasa. Ahí aparece la incomodidad.
Desde la psicología, esto tiene un sustento claro. Las
relaciones intensas suelen estar sostenidas por la dopamina de la novedad, la
anticipación y la recompensa inmediata. A veces, también por la oxitocina del
contacto y la intimidad fugaz. Estos neuroquímicos crean la ilusión de una
profundidad urgente e inevitable. Pero sentir fuerte no siempre significa poder
sostener.
Porque llega el día en que el vínculo pide algo más que
emoción. Exige consistencia, escucha activa, responsabilidad afectiva. Ya no
basta con sentir; hay que saber acompañar. Y la cruda verdad es que no todas
las personas han desarrollado ese músculo emocional. No es que no puedan amar,
sino que nunca aprendieron a habitar lo que sienten sin huir, distraerse o
buscar una nueva sobreactivación.
He sido testigo de cómo la emoción fluye libremente cuando
no demanda demasiada presencia. Cuando basta con el deseo, el momento
compartido, la escena. Pero cuando la conexión empieza a tocar capas más
silenciosas aquellas donde ya no hay estímulo que anestesie el vacío o la
vulnerabilidad aparece el repliegue. Surgen la distancia, la evasión, los
vínculos paralelos que ofrecen un refugio más fácil. No por falta de interés,
sino por una auténtica carencia de recursos emocionales.
He tenido que reconocer, también, mi parte en esta danza. Mi
brújula afectiva apunta, naturalmente, hacia lo emocionalmente vivo, lo
activado, lo que brilla con fuerza. Hay algo familiar y hasta adictivo en esa
energía. Pero con los años he aprendido a hacerme una pregunta crucial: ¿Me
estoy conectando con personas que simplemente sienten, o con personas que saben
regular lo que sienten?
La profundidad genuina rara vez se anuncia con fanfarrias.
No siempre deslumbra o excita. En cambio, exige presencia, continuidad y una
forma de amor que no depende del pico emocional, sino de la capacidad de
quedarse cuando la intensidad baja.
Quizás por eso tantos vínculos se estancan en la fase de
activación. Es más fácil sentir que sostener. Más sencillo desear que acompañar.
Más cómodo vincularse desde la química que desde la conciencia.
Hoy tengo una certeza: no quiero dejar de sentir. Pero
tampoco quiero seguir confundiendo intensidad con compatibilidad. Anhelo
vínculos donde la emoción no sea una vía de escape de la profundidad, sino la
puerta misma para habitarla.
Porque, al final, amar no es activarse juntos.
Es atreverse a quedarse cuando la emoción se regula y la
conexión, silenciosamente, permanece.
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