La visión que sostiene el éxito por décadas
Durante años, el ecosistema de negocios ha exaltado el
espíritu emprendedor. Emprender se ha convertido en sinónimo de valentía,
libertad y modernidad. Se celebran las historias de quienes inician un proyecto
con entusiasmo y energía. Pero curiosamente, muy pocos hablan de algo todavía
más desafiante: convertirse en empresario.
Y es ahí donde está la verdadera diferencia entre quienes
brillan un momento y quienes permanecen.
La historia que me abrió los ojos
Mi comprensión de esa diferencia nació en casa. Crecí entre
proyectos, cajas, proveedores y clientes. No observaba desde una ventana ni
vivía creyéndome un “Jr.”: estaba dentro.
Desde una tienda de pinturas que creció hacia la
distribución de marcas como CEMEX, IPESA, PLAKA COMEX e IMPAC, hasta una
constructora especializada en hospitales. Mi infancia está llena de anécdotas:
desde sentarme sin querer en una cubeta de thinner, hasta dejar caer un
compresor que pesaba tres veces más que yo. Así crecí, entre el movimiento de
negocios que iban y venían durante mis primeros catorce años.
Luego llegó una crisis económica y política en el estado, y
con ella un giro completo hacia el mundo restaurantero: comida yucateca,
mariscos… hasta llegar a un negocio tan noble, una pollería que, por primera
vez, me tocó tomar decisiones de frente. Fui yo quien decidió cerrarlo sin
pérdidas, a diferencia de otros intentos anteriores. Aprendí algo que a mis
papás les costó, decidir cuándo retirar la inversión.
Hoy, el único negocio que sigue activo es el inmobiliario.
Y aunque algunos emprendimientos no sobrevivieron, cada uno fue un salón de
clases adelantado. Ahí aprendí sobre ventas, operación, riesgo, trato con
personas, administración y sobre todo sobre lo que ocurre cuando no existe
estructura. Quizá por eso hoy tengo una obsesión tan marcada por el orden y la
contabilidad.
Ahí lo entendí, emprender enciende. Pero solo el empresario
sostiene.
La chispa es importante pero una chispa sin base se apaga.
La visión que heredé
Mis padres, sin saberlo, me regalaron una visión adelantada.
Me mostraron lo que funciona y lo que falta. Admiré su coraje para empezar una
y otra vez, pero también observé cómo la ausencia de bases contables y
financieras impedía que ideas extraordinarias se volvieran empresas duraderas.
Ese patrón se me grabó profundamente. Desde joven supe que
no quería repetir la historia: Yo quería construir sobre cimientos firmes.
Por eso estudié Finanzas y Contaduría en la Anáhuac. Por eso
entré al mundo corporativo. Y por eso hoy trabajo en Quálitas, donde confirmo
todos los días que:
- El
empresario no improvisa: se prepara.
- El
empresario no opera “como vaya saliendo”: estructura.
- El
empresario no se limita a vender: analiza y dirige.
- El
empresario no piensa en hoy: piensa en los próximos veinte años.
Y sí: aquí la Generación Z tropieza mucho. Queremos todo ya.
El reto que pocos se atreven a enfrentar
Ser emprendedor es valioso, necesario y emocionante.
Pero casi nadie te dice esto:
Ser empresario es mucho más difícil… pero también mucho más trascendente.
- El
emprendedor vive del impulso.
- El
empresario vive del proceso.
- El
emprendedor actúa por intuición.
- El
empresario decide por información.
- El
emprendedor sueña la idea.
- El
empresario construye la institución.
- El
emprendedor quiere empezar.
- El
empresario quiere permanecer.
Y hay una diferencia clave que separa a ambos: los impuestos
y la posibilidad real de crecer.
Emprendedor vs. Empresario ante los impuestos y el
crecimiento
- El
emprendedor suele pensar que los impuestos son un enemigo, un castigo
por ganar dinero. Les teme, los evita o simplemente los ignora.
Para él, crecer significa vender más… pero sin estructura. Y tarde o temprano, el crecimiento desordenado se vuelve una carga que lo frena: no puede acceder a créditos, no puede abrir nuevas sucursales, no puede licitar, no puede escalar. - El
empresario, en cambio, entiende que pagar impuestos no es una pérdida,
sino una condición para crecer. Ya los paga. Ya los contempla. Ya los
domina.
Y gracias a eso, puede crecer en serio: puede levantar capital, puede trabajar con proveedores grandes, puede firmar contratos formales, puede entrar a mercados corporativos y puede multiplicar lo que empezó como una idea.
Porque crecer no es solo vender más, crecer es cimentar para
dentro de 20 años.
Crecer es tener la estructura para aguantar el
crecimiento.
La formalidad abre puertas: financiamiento, proveedores
serios, clientes grandes, expansión, franquicias, inversiones, alianzas,
continuidad. Quien vive en la sombra puede ganar rápido, pero nunca crece
sólido.
Ahí se separan los improvisados de quienes construyen
legado.
Muchos pueden emprender. Pero pocos se atreven a volverse
empresarios.
Convertirse en empresario exige:
- Disciplina
cuando nadie aplaude.
- Estudiar
cuando otros duermen.
- Delegar
cuando cuesta soltar.
- Pensar
a largo plazo en un mundo obsesionado con el corto.
- Visión
cuando otros solo ven una oportunidad inmediata.
- Y,
sobre todo, carácter para crear algo que pueda sobrevivir incluso cuando
tú ya no estés empujándolo.
Y en mi caso, ese carácter empezó a formarse mucho antes de
que yo entendiera lo que era “ser empresario”.
Lo viví en la prepa, en el momento más crítico de mi
familia:
cuando a mis papás les dio COVID y la casa parecía un pequeño centro de
operaciones.
Yo tomaba clases en línea de 7 a 2, sin dormir bien por días; enviaba reportes
de rutas del grupo ferretero donde trabajaba mi papá; revisaba los reportes de
la pollería; aprendía a declarar impuestos con videos de YouTube; y aun así
encontraba tiempo para colaborar en la iglesia.
Ese ritmo de vida me empujó al límite.
De hecho, casi me lleva a un burnout justo al final de la universidad.
Pero también me reveló dos verdades que no se enseñan en ningún salón:
- Puedes
abarcar muchísimo, pero no sin consecuencias.
Ahí fue donde aprendí a poner límites, a reconocer mis señales de cansancio y a dejar de creer que sacrificarme siempre era sinónimo de servir. - La
tolerancia a la frustración es el músculo más infravalorado.
Y, junto con eso, entendí que tener a Dios en el centro no es opcional:
es lo que me sostuvo para no caer en adicciones, escapismos o caminos fáciles cuando todo se ponía oscuro.
Toda esa etapa me formó más de lo que yo imaginaba.
Me enseñó responsabilidad, orden, resiliencia, fe y enfoque.
Pero, sobre todo, me enseñó que, si no me cuido, no puedo sostener nada.
Hoy, con 23 años, reconozco que mi camino no es solo
emprender.
Mi camino es construir empresas solidas.
Porque aprendí desde niño que un negocio sin estructura se
cae,
pero una empresa con bases sólidas permanece.
Y hoy sé que esas bases no solo son contables o financieras,
también son emocionales, espirituales y personales.
Y aquí va mi reto para ti
Después de todo lo que he vivido desde ayudar a sostener mi
casa mientras mis papás enfermaban, hasta casi quemarme por cargar más de lo
que un joven debería entendí algo con absoluta claridad: empezar cualquiera
puede; permanecer solo aquellos que se preparan para sostener.
Por eso hoy te hago este reto, no desde la teoría, sino
desde la experiencia:
¿Quieres iniciar algo o quieres construir algo que dure?
¿Quieres un impulso o quieres un legado?
¿Quieres ser parte de la estadística o parte de la historia?
La verdad es simple: El éxito efímero lo consigue el
emprendedor. El éxito que dura décadas lo construye el empresario.
Ser empresario no es glamoroso. Es aprender a respirar bajo
presión.
Es ponerte de pie cuando todo cruje. Es cerrar ciclos para abrir otros. Es
cuidarte para no quebrarte. Es poner orden cuando la vida te pide caos. Y,
sobre todo, es construir sobre roca y no sobre arena.
Ese es el reto que te invito a asumir: mirar más lejos,
prepararte más, exigirte más
y apostar por algo más grande que un comienzo apostar por un futuro.
Al final, mi frase de siempre sigue empujándome: “Yo
puedo. Pedalea, pedalea.”
Porque construir empresa no es correr: es avanzar con
intención, con visión
y con un compromiso diario con uno mismo.
¿Te quedas en la chispa o te atreves a encender el fuego que
dura años?
Y déjame hacerte una última pregunta una que va más allá del
negocio y toca tu propósito:
¿Tu vocación empresarial será solo un proyecto o una misión
que Dios pueda usar para multiplicar, servir y transformar?
Porque cuando emprendes solo por ti, construyes algo
pequeño.
Pero cuando emprendes desde propósito, fe y servicio construyes algo que
trasciende.
|
|
|
|
|
|
|
|
|
No hay comentarios.:
Publicar un comentario