Reflexión por el Día Internacional de la Mujer
La verdad, este día me provoca una tristeza interna y una preocupación sincera. Me duele la realidad que muchas mujeres enfrentan, y también reconozco que yo mismo crecí en un entorno donde no me enseñaron que un hombre puede salir con una mujer sin que necesariamente sea una cita con fines románticos.
Yo sí anhelo formar una familia, poder amar y ser amado dentro de ese modelo de pareja hombre-mujer. Pero también soy consciente de que la generación de nuestros padres creció bajo ideas muy a la antigua. A mí me pasó: mientras estaba profundamente enamorado de una chica con la que soñaba incluso "echar babas", hubo una compañera de la universidad que comenzó a interesarse en conocerme más. Yo no pude salir con ella porque sentía que sería infiel a esa otra persona que me gustaba. Nunca antes había salido a solas con una compañera para conocernos mejor; siempre en grupo, nunca solo. Las únicas excepciones habían sido amigas muy cercanas como Sara Nahomi, Fiona o Natalia.
Tiempo después, cuando ya todo estaba claro respecto a la chica que me gustaba —que simplemente no era para mí—, varios amigos me animaron a darme la oportunidad con esta otra compañera. Decidí invitarla a desayunar. Fue una experiencia muy bonita. Ella es tranquila, amable, y muy cariñosa con su círculo cercano. A partir de ahí, en mayo del año pasado, comenzamos a hablar casi a diario durante el verano. A veces chateábamos por horas.
El semestre siguiente compartimos todas las clases. Éramos inseparables. Incluso vino a mi casa mientras mis papás aún estaban en Mérida. Cuando mi papá la conoció, soltó una frase que me tocó una fibra sensible: “Ramón, está muy guapa, ¿por qué no sales con ella?”. Y mi mejor amigo, al ver cómo nos llevábamos, me preguntó por llamada: “¿Por qué sigues encoñado, si esta niña sí te está dando el cariño que tanto has buscado?”.
Y es que sí, poco a poco fuimos construyendo una amistad muy cercana. Por mi parte, yo atravesaba una etapa de discernimiento, esas que uno necesita para madurar. Fue un tiempo en el que me cuestioné mucho, especialmente si alguna vez fui suficiente para la chica de valores. Y cuando ella se fue, me pregunté por qué no lo fui.
Esta amiga estuvo ahí durante esos meses oscuros. Me dio aliento, compañía y comprensión. Pero también me di cuenta de algo: por más que los hombres queramos actuar con rectitud, no siempre estamos preparados para tener cerca a una mujer tan noble, tan genuina, sin confundirnos.
Durante los últimos cinco meses he salido varias veces a solas con ella. Sin embargo, he aprendido —a veces con dolor— que cuando una mujer te expresa cariño con un “te quiero mucho” o con gestos, no siempre significa que hay atracción romántica. Nadie me enseñó que una amiga puede darte todo de sí como muestra de su amistad, incluso mientras ella misma lidia con sus propios retos personales.
En noviembre pasado le conté que comenzaba a sentirme atraído por ella. No enamorado, pero sí atraído. Ella me respondió con honestidad: tenía cosas que sanar, apenas un año y medio atrás había terminado con su primer novio. Y seguimos con una amistad muy bonita.
Sin embargo, llegó el 14 de febrero y le regalé una carta y un mensaje preguntándole si podía regalarle unas rosas. Ella me dijo con claridad —una vez más— que no estaba lista, pero que valoraba mucho nuestra amistad. Lo entendí.
Mis papás se molestaron conmigo. Me dijeron que el amor no se pide, que se demuestra: que debía haberla tomado de la mano, decirle lo que sentía y darle un beso. Pero gracias a Dios, no lo hice. Porque yo también fui víctima de un beso no deseado, y no quería hacer sentir a nadie como alguna vez me sentí yo.
Lo que sí hice fue escribirle con sinceridad. Le dije que valoro profundamente nuestra amistad, que me encantaría seguir teniéndola a mi lado y que jamás haría algo que la incomodara, la lastimara o me pasara de la raya. Mi ansiedad venía de la presión de mis papás, de mi deseo de amor, pero también de mis propios límites.
Nuestros padres muchas veces quieren lo mejor para nosotros, pero vivieron en otra época. En su generación, al hombre le tocaba “conquistar”, y parte de eso era besar sin preguntar, tocar sin permiso. Hoy eso ya no es posible. No porque antes estuviera bien —porque no lo estaba—, sino porque hoy las mujeres tienen voz, y la están usando para decir “no”, “no me gusta”, “esto no se hace”. Y qué bueno que así sea.
A los hombres nos toca escuchar, respetar y cambiar. Nadie nos enseñó a amar de forma sana, ni a ser hombres del siglo XXI. Pero podemos aprender. Podemos escuchar lo que ellas piden en redes, en las calles, en sus historias. Y no para intervenir o corregir su movimiento, sino para acompañarlo desde nuestra transformación personal.
Hoy pido perdón a las mujeres que alguna vez se sintieron incómodas solo por ser ellas mismas. Pido perdón si alguna vez confundí cariño con interés romántico, si usé amistades para llenar vacíos personales. Pero también reconozco que aún estamos a tiempo: los hombres podemos educar diferente, para romper ese sistema que nos daña a todos. Para que nuestras hijas no tengan miedo, y nuestros hijos aprendan a amar sin violencia, sin confusión y con respeto.