viernes, 23 de mayo de 2025

Clase media alta: rigidez emocional, perfeccionismo y el vacío que no se dice

 Introducción En sociedades donde el éxito, el autocontrol y la apariencia de estabilidad son sinónimo de valor personal, la clase media alta se presenta como un modelo aspiracional. Sin embargo, bajo esta fachada de orden y logro se esconden dinámicas psicológicas y emocionales profundamente complejas. Este ensayo analiza como factores como la rigidez emocional, el perfeccionismo, el conservadurismo religioso y una estructura familiar marcada por exigencias afectivas particulares pueden contribuir a la formación de un estilo de apego evitativo con matices ansiosos. Este tipo de apego, en combinación con las presiones sociales y familiares propias de este estrato, puede derivar en intensos vacíos emocionales y síntomas de ansiedad, a menudo invisibilizados por la necesidad de cumplir con las expectativas externas.

 

1. Perfeccionismo y rigidez emocional en la clase media alta La clase media alta, en su intento por ascender o sostenerse dentro del orden socioeconómico, suele estructurar su dinámica familiar alrededor de valores como la disciplina, el esfuerzo, la excelencia académica, la buena conducta y el prestigio social. Si bien estos valores pueden ser motores de desarrollo, también conllevan un alto grado de exigencia emocional: se espera que los niños y jóvenes no solo logren, sino que lo hagan con impecabilidad, sin mostrarse vulnerables, sin equivocarse y sin “hacer quedar mal” a la familia (Curran & Hill, 2019).

Esta presión genera una emocionalidad contenida: se aprenden formas de afecto condicionadas por el rendimiento y se reprime la expresión de malestar. El error se convierte en amenaza, no solo para el individuo, sino para el honor familiar. En este contexto, las emociones se gestionan desde el control, no desde la comprensión. El resultado es una subjetividad frágil, ansiosa, que teme no estar a la altura o ser rechazada si muestra su humanidad (Bruch, 2001).

 

2. Estructura familiar y apego evitativo con matices ansiosos Muchos niños criados en la clase media alta desarrollan un estilo de apego que mezcla la necesidad profunda de afecto con el temor a depender emocionalmente. Se trata del apego evitativo con matices ansiosos: evitan mostrar sus emociones o necesidades afectivas por miedo a ser juzgados o rechazados, pero al mismo tiempo, viven con una constante sensación de carencia interna, de no ser “suficientes” (Mikulincer & Shaver, 2016).

Este tipo de apego se desarrolla en contextos donde el amor está presente, pero es altamente condicionado. Padres y madres que proveen, cuidan y exigen, pero que también están emocionalmente distantes, autoritarios o excesivamente centrados en el rendimiento. Esto genera en el niño una lógica interna de hiperautoexigencia: “para ser amado debo rendir, debo callar, debo no molestar”.

En el largo plazo, este patrón dificulta la construcción de relaciones íntimas saludables. Las personas aprenden a mostrarse funcionales, exitosas y emocionalmente autosuficientes, pero sienten un profundo vacío afectivo que no logran nombrar ni compartir, porque hacerlo implicaría romper con la imagen de fortaleza que se espera de ellas (Fonagy et al., 2002).

 

3. Religión y conservadurismo: entre la guía moral y la rigidez emocional En muchos hogares de clase media alta, la religión ocupa un lugar fundamental en la formación de la identidad, los valores y las aspiraciones personales. En particular, las tradiciones judeocristianas —como el catolicismo o el protestantismo evangélico— aportan estructuras éticas claras que orientan a las personas hacia ideales como la responsabilidad, el autocontrol, la generosidad y la honestidad. Para muchas familias, la religión representa no solo un refugio espiritual, sino también una brújula moral que ayuda a mantenerse enfocados en metas trascendentes, evitando conductas autodestructivas o “pecaminosas” (Pargament, 2002).

Desde esta perspectiva, la fe puede ser un ancla poderosa para el crecimiento personal. En un mundo saturado de estímulos, relativismo y gratificación instantánea, el marco religioso puede ofrecer un horizonte de sentido duradero, fortalecer la disciplina interna y brindar contención ante las crisis. Muchos jóvenes criados en entornos religiosos conservadores logran mantener una vida ordenada, con altos estándares éticos, alejados de excesos o adicciones, gracias a la guía espiritual que han recibido (King & Boyatzis, 2004).

Sin embargo, cuando esta religiosidad se vive desde la rigidez o el miedo, puede tener efectos psicológicos contraproducentes. El problema no radica en la religión en sí, sino en ciertas interpretaciones autoritarias que reducen la fe a un conjunto de mandatos morales absolutos, sin espacio para la duda, el error o la expresión emocional genuina.

Esta moral dualista favorece una idea de perfección inalcanzable: ser puro, casto, obediente, generoso, humilde, y estar “libre de pecado”. Este ideal no se presenta como una aspiración, sino como una exigencia que se incorpora desde la infancia, especialmente en mujeres, donde se refuerzan discursos de entrega, abnegación y control del deseo (Gilligan, 1982).

Una espiritualidad madura no es una lista de normas, ni una obsesión con la pureza, ni una negación del deseo o del conflicto interno. Es, más bien, una experiencia íntima y dinámica que acompaña al ser humano en sus luces y sombras, que no lo exige perfecto, sino consciente; no lo juzga por su fragilidad, sino que lo abraza en ella. Esta forma de vivir la fe no se basa en el miedo al castigo, sino en la confianza en una presencia amorosa que entiende, perdona y sostiene (Rohr, 2011).

Frente a la rigidez que censura, la espiritualidad madura ofrece comprensión y compasión. No obliga a silenciar la tristeza, el enojo o la duda, sino que invita a dialogar con esas emociones desde la honestidad. Enseña que sentirse perdido, herido o en crisis no es una traición a la fe, sino una oportunidad de conexión profunda con lo divino y con uno mismo.

Frente a la culpa paralizante que muchas veces impone la religiosidad tradicional, una espiritualidad madura no castiga los errores, sino que los transforma en aprendizaje. Reconoce que el camino espiritual no es una línea recta hacia la santidad, sino un viaje lleno de tropiezos, contradicciones y reconciliaciones. En lugar de exigir perfección, promueve integridad: ser uno mismo, con todo lo que eso implica, ante Dios y ante los demás.

Y frente al mandato de autosacrificio sin límites, esta espiritualidad enseña que amar al prójimo no es negarse a uno mismo, sino incluirse también en ese amor. El cuidado del alma implica también poner límites, descansar, decir “no”, y reconocer la propia dignidad.

Una espiritualidad así —humana, compasiva, consciente— no genera vacío emocional, sino sentido; no crea ansiedad por fallar, sino coraje para seguir. En vez de imponer una forma única de ser, abre espacio para que cada quien encarne su fe con libertad, sensibilidad y verdad.

 

4. El vacío emocional y sus consecuencias El vacío emocional no es simplemente una sensación de tristeza o soledad. Es una vivencia existencial de desconexión interna: una sensación de estar separado de uno mismo, de no saber quién se es más allá del rol que se desempeña, de no encontrar sentido en lo que se hace, aunque externamente todo parezca estar “bien” (Frankl, 2004).

Este vacío puede llevar a crisis existenciales, conductas compulsivas (trabajo excesivo, consumo de sustancias, adicciones digitales), trastornos de ansiedad o incluso cuadros depresivos. En muchos jóvenes de clase media alta, esto se manifiesta en una desconexión entre lo que sienten y lo que muestran, entre lo que desean y lo que creen que deben desear. Es aquí donde aparecen muchas veces las adicciones, no solo a sustancias, sino a la aprobación externa, al control, a la hiperactividad. El consumo de drogas, en estos casos, no es simplemente una “mala decisión”, sino un intento desesperado por anestesiar el malestar psíquico, por romper con la presión, por experimentar algo que se parezca a la libertad o al placer (Maté, 2009).

Lo paradójico es que estos síntomas suelen ser interpretados desde fuera como rebeldía, inmadurez o egoísmo, cuando en realidad son signos de una necesidad emocional profunda que no ha encontrado vías legítimas de expresión.


Conclusión La clase media alta, con toda su estructura de estabilidad y éxito, puede ser también el escenario de un profundo malestar emocional invisibilizado. La rigidez educativa, el perfeccionismo, la religiosidad moralizante y las dinámicas familiares orientadas al logro más que a la conexión emocional generan subjetividades que se sienten insuficientes, ansiosas y vacías. La solución no está en rechazar estos valores, sino en integrarlos desde una perspectiva más humana, emocional y espiritual. Educar en el logro, sí, pero también en la vulnerabilidad; formar en la fe, sí, pero desde la compasión; sostener la disciplina, sí, pero no a costa de la ternura.

Solo así será posible formar personas que no solo cumplan con lo que se espera de ellas, sino que puedan encontrarse consigo mismas en libertad, con sentido y con amor propio.


Referencias

Bruch, H. (2001). The golden cage: The enigma of anorexia nervosa. Harvard University Press.

Curran, T., & Hill, A. P. (2019). Perfectionism is increasing over time: A meta-analysis of birth cohort differences from 1989 to 2016. Psychological Bulletin, 145(4), 410–429. https://doi.org/10.1037/bul0000138

Fonagy, P., Gergely, G., Jurist, E. L., & Target, M. (2002). Affect regulation, mentalization, and the development of the self. Other Press.

Frankl, V. E. (2004). El hombre en busca de sentido. Herder.

Gilligan, C. (1982). In a different voice: Psychological theory and women’s development. Harvard University Press.

King, P. E., & Boyatzis, C. J. (2004). Exploring adolescent spiritual and religious development: Current and future theoretical and empirical perspectives. Applied Developmental Science, 8(1), 2–6.

Maté, G. (2009). In the realm of hungry ghosts: Close encounters with addiction. North Atlantic Books.

Mikulincer, M., & Shaver, P. R. (2016). Attachment in adulthood: Structure, dynamics, and change (2nd ed.). Guilford Press.

Pargament, K. I. (2002). The bitter and the sweet: An evaluation of the costs and benefits of religiousness. Psychological Inquiry, 13(3), 168–181.

Rohr, R. (2011). Falling upward: A spirituality for the two halves of life. Jossey-Bass.

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