lunes, 24 de agosto de 2026

Postergar no es precaución. Es perfeccionismo disfrazado.

Durante mucho tiempo pensé que tomar buenas decisiones significaba esperar a tener la mayor cantidad de certezas posibles. Tener dinero ahorrado, experiencia suficiente, un plan claro y, sobre todo, la tranquilidad de saber que aquello que estaba dejando atrás podía ser reemplazado inmediatamente por algo mejor. Me parecía lógico. Después de todo, ¿quién renuncia a una fuente de ingresos sin tener completamente claro qué va a hacer después?

El problema es que, si esperamos a tener todas las respuestas antes de tomar una decisión importante, probablemente nunca la tomemos. Hay momentos en la vida en los que no existe una opción completamente segura. Existen, simplemente, diferentes riesgos. Y aprender a decidir implica entender cuál de ellos estamos dispuestos a asumir.

Eso es algo que estoy aprendiendo ahora.

Hace poco tomé una decisión que, desde una perspectiva estrictamente económica, puede parecer difícil de justificar: renuncié a mi trabajo en Ciudad de México. Con él dejo atrás un ingreso de alrededor de $18,000 pesos mensuales, además de la estabilidad, la rutina y la posibilidad de continuar construyendo una carrera corporativa.

No voy a mentir: perder un ingreso así duele.

Duele porque el dinero representa mucho más que una cifra depositada cada quincena. Representa tranquilidad. Representa poder pagar una renta, darme ciertos gustos, cuidar de mi salud, ahorrar, invertir y saber que el siguiente mes habrá dinero nuevamente en la cuenta. Cuando tienes un empleo estable, muchas de esas cosas se vuelven parte de la normalidad y uno puede olvidar que, en realidad, esa seguridad tiene un valor enorme.

Pero también hay que poner ese ingreso en perspectiva. $18,000 pesos al mes pueden representar una buena estabilidad para alguien de mi edad, pero tampoco son suficientes para construir, por sí solos, la vida que eventualmente quiero tener. No necesariamente alcanzan para mantener indefinidamente el nivel de vida que quisiera, mucho menos para pensar en una familia, hijos, una vivienda y todas las responsabilidades económicas que vienen con ellos.

Y ahí es donde aparece una pregunta incómoda: ¿debería conformarme con la seguridad de un ingreso presente simplemente porque es seguro?

Entonces, ¿por qué renunciar?

Porque también hay una parte de mí que llevaba tiempo preguntándose si estaba construyendo la vida profesional que realmente quería.

Mi experiencia en Ciudad de México me permitió aprender muchísimo. Trabajar en un entorno corporativo, tener responsabilidades, conocer procesos y enfrentarme a problemas reales fue valioso. No me arrepiento de haber venido. De hecho, creo que necesitaba hacerlo. Necesitaba conocer ese mundo para entender mejor qué quería y, sobre todo, qué no quería.

Pero con el tiempo comencé a darme cuenta de que el camino que estaba construyendo no necesariamente era el mío.

Y ahí apareció el conflicto.

Por un lado estaba la seguridad de continuar recibiendo $18,000 pesos al mes. Podía quedarme, seguir acumulando experiencia, buscar otro puesto y continuar construyendo una carrera profesional relativamente segura.

Por otro lado estaba una posibilidad mucho menos segura, pero que me entusiasma mucho más: regresar a Chiapas, acercarme al trabajo de mi papá, aprender de él sobre ventas, negociación, clientes y operación de un negocio y, con el tiempo, utilizar todo ese aprendizaje para construir algo propio.

Hay algo importante que aclarar: no es que mi sueño sea vivir para siempre en Tuxtla Gutiérrez.

De hecho, probablemente no quisiera pasar muchos años ahí. Mi vida, mis intereses y las oportunidades profesionales que busco pueden estar en otros lugares. Mérida u otra ciudad podrían volver a formar parte de mi camino.

Pero hoy tengo una oportunidad que difícilmente podría encontrar en otro lugar.

Tengo la posibilidad de aprender directamente de mi papá y de una persona que ha sido un referente para mí desde que era niño: un empresario al que conozco desde hace años, que ha construido su propio camino y cuya forma de trabajar siempre me ha generado admiración.

Y hay algo que me parece todavía más importante: son personas de las que realmente tengo ganas de aprender.

No quiero regresar a Chiapas simplemente porque no encontré otra opción.

Quiero regresar porque estoy consciente de que puedo pasar una etapa de mi vida aprendiendo cosas que difícilmente voy a aprender dentro de una oficina.

Aprender a vender.

Aprender a negociar.

Aprender a tratar con clientes.

Aprender a detectar oportunidades.

Aprender a entender un negocio desde la operación y no solamente desde una hoja de Excel.

Aprender qué significa realmente asumir el riesgo de poner tu propio dinero en algo.

Y, sobre todo, aprender de alguien que ya recorrió un camino que yo apenas estoy comenzando a entender.

La diferencia es evidente.

Un camino tiene un ingreso mensual definido.

El otro tiene incertidumbre.

Uno me permite saber cuánto voy a ganar el próximo mes.

El otro no.

Y, sin embargo, decidí tomar el segundo.

No porque crea que emprender sea fácil. Tampoco porque piense que tener un negocio garantiza ganar más dinero. Mucho menos porque crea que dejar un empleo estable automáticamente significa estar persiguiendo tus sueños.

Sería irresponsable decirlo.

La realidad es mucho más incómoda.

Estoy renunciando a un ingreso cierto por una posibilidad.

Y una posibilidad puede salir bien o puede salir mal.

Puede convertirse en un negocio que funcione, en una experiencia que me permita descubrir algo nuevo o incluso en un intento que fracase y me obligue a comenzar nuevamente desde otro lugar.

No lo sé.

Y justamente ahí está el punto.

Durante mucho tiempo creí que para tomar una decisión necesitaba saber cuál iba a ser el resultado. Hoy estoy entendiendo que eso es imposible.

Puedes analizar un negocio, hacer presupuestos, investigar un mercado y calcular escenarios. Puedes ahorrar dinero y prepararte. Puedes pedir consejos y escuchar a personas con experiencia. Todo eso ayuda.

Pero llega un momento en el que tienes que decidir.

Y en ese momento todavía existe incertidumbre.

La pregunta, entonces, deja de ser “¿qué decisión me garantiza que me irá bien?” y se convierte en una mucho más difícil:

¿Qué riesgo estoy dispuesto a asumir?

Yo sé cuál estoy eligiendo.

Elijo la posibilidad de construir un negocio.

Elijo la posibilidad de aprender algo que puede tener un valor mucho mayor en el largo plazo que el sueldo que estoy dejando hoy.

Y también elijo hacerlo ahora porque tengo una libertad que probablemente no tendré para siempre.

Hoy no tengo hijos ni una familia que dependa económicamente de mí. Eso no significa que pueda tomar cualquier decisión sin consecuencias, pero sí significa que tengo un margen para equivocarme que probablemente será diferente cuando tenga otras responsabilidades.

No sé cuánto durará esta etapa.

Quizá unos meses.

Quizá el tiempo suficiente para aprender lo que necesito y después volver a buscar oportunidades en otra ciudad.

No necesito decidir hoy dónde voy a vivir durante los próximos veinte años.

Necesito decidir qué quiero aprender durante los próximos.

Y hoy tengo muy claro dónde puedo aprenderlo.

Porque también existe otro riesgo: quedarme en un lugar únicamente porque me paga bien y descubrir dentro de algunos años que pasé demasiado tiempo construyendo una carrera que nunca quise realmente.

Ese riesgo también tiene un precio.

Y quizá sea incluso más difícil de cuantificar.

Porque cuando hablamos de decisiones financieras, estamos acostumbrados a pensar en costos y beneficios. Podemos calcular cuánto dejamos de ganar, cuánto ahorramos o cuánto podríamos obtener en el futuro. Pero hay decisiones cuyo costo no aparece en una cuenta bancaria.

El tiempo es uno de ellos.

Los años también son una inversión.

Y aunque dejar $18,000 pesos mensuales representa una pérdida concreta e inmediata, también tengo que preguntarme qué podría ganar en el largo plazo con la experiencia que voy a adquirir.

No sé cuánto valdrá esa experiencia dentro de cinco años.

Ese es precisamente el problema.

La ganancia futura es incierta.

Pero también lo es el costo de quedarme exactamente donde estoy.

Por eso creo que muchas veces confundimos prudencia con perfeccionismo.

Decimos que todavía no es el momento porque queremos tener más dinero, más experiencia, un mejor plan o una mayor seguridad. Y está bien prepararse. El problema comienza cuando utilizamos la preparación para evitar indefinidamente la decisión.

Siempre habrá una razón para esperar.

Siempre habrá algo que podría salir mal.

Siempre habrá una alternativa aparentemente más segura.

La certeza absoluta no llega.

Y mientras esperamos a que llegue, el tiempo continúa avanzando.

Por eso no creo que mi decisión sea necesariamente valiente. Tampoco creo que sea necesariamente correcta. Todavía no tengo cómo saberlo.

Lo único que puedo decir es que es una decisión consciente.

Sé exactamente qué estoy dejando.

Dejo una ciudad que me ofreció oportunidades. Dejo un empleo estable. Dejo un ingreso de aproximadamente $18,000 pesos mensuales. Dejo una rutina que, aunque no era perfecta, me daba cierta seguridad.

Pero también estoy eligiendo algo.

Estoy eligiendo volver a Chiapas por una razón concreta. Estoy eligiendo aprender. Estoy eligiendo acercarme al mundo de las ventas y los negocios. Estoy eligiendo aprovechar la oportunidad de aprender de mi papá y de alguien que ha sido un referente para mí desde niño.

Y quizá, al final, eso es lo que significa tomar una decisión importante: entender que cada elección implica renunciar a algo.

No existe la decisión sin costo.

Si me quedo, renuncio a explorar otras posibilidades.

Si me voy, renuncio a la seguridad del ingreso.

Si emprendo, renuncio a cierta estabilidad.

Si no lo intento, renuncio a saber qué podría haber construido.

Por eso ya no quiero preguntarme cuál es la decisión perfecta.

Quiero preguntarme cuál es el riesgo que estoy dispuesto a asumir por la vida que quiero construir.

Hoy mi respuesta es regresar a Chiapas.

No sé si dentro de algunos años voy a mirar hacia atrás y decir que fue la mejor decisión de mi vida.

Pero sí sé algo: prefiero descubrirlo intentándolo que pasar años preguntándome qué habría sucedido si hubiera tenido la oportunidad de aprender y no la hubiera aprovechado.

Porque postergar puede parecer prudencia.

Puede parecer responsabilidad.

Puede parecer incluso madurez.

Pero cuando llevas demasiado tiempo diciendo “todavía no es el momento”, quizá valga la pena preguntarte si realmente estás esperando el momento adecuado o simplemente estás esperando dejar de tener miedo.

Y quizá ese momento nunca llegue.

Quizá lo único que podemos hacer es aceptar la incertidumbre, asumir el riesgo y empezar a construir con lo que tenemos.

Eso es lo que estoy haciendo ahora.

No estoy cambiando $18,000 pesos mensuales por una promesa de éxito.

Estoy cambiando una certeza presente por una posibilidad futura.

Y sé perfectamente que la posibilidad puede no cumplirse.

Pero también sé que, si nunca estoy dispuesto a cambiar algo seguro por algo incierto, probablemente nunca voy a descubrir hasta dónde puedo llegar.

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